Como una niña me agarro a tu cuerpo y te abrazo, sonriente.
No necesito más. Este momento de quietud y paz mutua suple absolutamente todo.
La niña se hace muda, se convierte en beso, en una mariposa que ronda a tu lado, revoloteando risueña entre tus dientes.
Asexuada, como una infante que acaricia con amor al otro. Sin más pretensiones que el calor del cuerpo compartido.
Por qué ese vacío de sed tan impropio de los adultos, esa saciedad casi flotante, sin piel, sin un mordisco o un gemido.
Me lleno con tan sólo tu interior. Desatas un abismo cálido, suave. Y vuelo, entre dedos, caricias, llantos... Miradas y sonidos envolventes, que rozan tan sólo mi pelo.
Pero llegan tan dentro...