Odio a los soñadores de nubes light, odio a los directorzuelos que creen beberse el mundo en cucharilla de plata y en realidad sólo son proyectos de todo.

Odio a los resabiados sin experiencia demostrable, odio a los del currículum escrito en pos-it en la cara, odio a los guapos nacidos del lifting.

Odio a los escaqueados de corazón que se rompen la camisa en la primera ocasión.

Odio a los hipócritas, a los falsos, a los imberbes, a los insanos.

Odio a los que viven de boquilla y a los que no asumen su patético fracaso.

Odio a los abandonados, a los escondidos, a los deshuesados de mantequilla y a los yonkis de la horchata.

Odio a los prepotentes de cara dura y a los niñatos de culo flojo.

Odio a los de la miopía del ombligo empotrado. Odio a los mentirosos de creencias divinas, y a los divinos que imparten creencias únicas.

Odio a las pelo-pantenne-porque-yo-lo-valgo. Odio a las de las uñas de porcelana y tacones (más que lejanos), flotantes.

Odio a los de verborrea intermitente de rellano. Y más aún, odio a las basuras humanas que se hacen llamar periodistas del corazón y que se me antojan cardio-hienas.

Odio a los aprovechados sin gracia y a los vampiros del favor ninguneado.

Odio a los del todo vale, a los del mejor dos que una, a los televentas de morbo-noticias y a los radiodifusores apocalípticos.

Odio a los telepredicadores del milagro hecho dinero, a los estafadores de ancianos y a los analfabetos humanos que viven del etnocentrismo como su bandera personal.

Odio a los hombres del saco que se llevan a los niños a trabajar en Zaras.

Odio a los miserables de mano larga y a las justificaciones inverosímiles que mueven esa mano.

Odio odiar, porque eso significa que hay muchas cosas aún por cambiar o por entender...