La vuelta a lo cotidiano se me hace pesada. Debería de alegrarme de estar en casa otra vez, de dormir en mi cama y descansar, de poder abrir las ventanas sin miedo a la malaria, de usar internet, de entrar a un baño limpio y tener una ducha al fin en condiciones, de ver a los míos, y etc etc.

Pero la verdad es que me encuentro extraña. Y eso que han sido sólo doce días fuera. Doce días sin parar, sin pasar más de dos noches en la misma habitación, dejándome el culo en las malas carreteras keniatas y tanzanas, admirando el paisaje, los contrastes de color de su interminable tierra, donde las nubes parece que bajan henchidas a recordarte dónde acaba la sabana.

Ver animales salvajes es muy bonito, sí. No sé expicar la sensación que es el observar a tres guepardos comiéndose una gacela recién cazada. O que pase a tu lado una manada de elefantes. U oír relinchar a las cebras que pastan al lado de tu tienda por la noche.
Adrenalina, sigilo, libertad. Saber que estás observando algo espontáneo, libre, vivo, y muy de cerca. Pero al fin y al cabo es sólo eso, bonito.

La otra cara del viaje, de la que las agencias no te hablan, es con la que acabas quedándote impresa. Me vi haciendo fotos de animales y espléndidos paisajes, pero si rasco, en mi memoria saldrán imágenes más duras. Las del atraso, la pobreza, el hambre. La desesperación, la tradición. La ablación. La cara de los niños al recibir un zumo o un simple bolígrafo. Las casas de hojalata donde vive la mayoría de la población. Los cultivos y el ganado. El comprobar cómo el agua es un lujo. Niños, otra vez, jugando descalzos entre el barro, con un neumático de un coche. O pastoreando, o llevando carga en la espalda. Trabajando a muy temprana edad. O verles andando interminables km sólo para poder ir al colegio. Los chocantes anuncios publicitarios en las calles de las ciudades, donde el consumo es accesible sólo para unos pocos. Sentirme ridícula al comprobar cómo para ellos nuestra forma de vida es inimaginable, inalcanzable.
Sé que la felicidad a simple vista poco tiene que ver con lo que estoy describiendo. Pero ante las penalidades, ellos sonríen. Viven con ellas, aceptándolas. Tratanto de salir del olvido mundial poco a poco.

Y pensar que nosotros nos quejamos me deja completamente extraña en mi propia casa. Y muda.